Nueva obra del escritor Albert Sans:
Memoria de polen y brisa
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Memoria de polen y brisa en bubok.es.
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Memoria de polen y brisa
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El recuerdo.
La muchacha se sentaba frente al tocador con más frecuencia. Enferma, apenas conocería el polen y su brisa cálida. Palidecía, disipándose. Amigas y mujeres de la familia encomiaban, sin embargo, el aspecto lozano, la mirada rutilante. Y, allí sentada, la muchacha no podría negarlo.
Una mañana de la incipiente primavera la muchacha dejó de respirar y lívida y consumida fue envuelta en un sudario por su madre y su hermana. La muchacha no supo que murió y tal diríase el significado de un críptico epitafio. Tampoco supo que el tocador frente al cual se sentaba no disponía un espejo ante ella sino un cristal y que la imagen que había contemplado era la de su hermana, sentada frente a un tocador idéntico en un idéntico dormitorio.
Memoria de polen y brisa.
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© Albert Sans. El texto se reproduce con el expreso consentimiento del autor.
La relación.
Es la ausencia de la palabra la que crea la percepción del presente.
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© Albert Sans. El texto se reproduce con el expreso consentimiento del autor.
El sepulturero conoció a los padres días antes del entierro del niño. Acudían periódicamente y flores blancas cubrieron la losa grabada. Hasta que dejaron de aparecer y dos losas se dispusieron a los lados de aquélla del hijo.
Las últimas flores blancas no fueron reemplazadas y el sepulturero fue conminado a retirarlas. Una fecha pendiente bajo el nombre del niño enterrado, muy posterior a aquélla sola bajo los nombres de los padres.
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© Albert Sans. El texto se reproduce con el expreso consentimiento del autor.
Ser el secreto.
Hallaron el cadáver y las balas. Dos direcciones de entrada en el cuerpo. Pero fue primero el cianuro. Serían la investigación y las preguntas a los amantes. Sólo una hora difirió, el propósito no compartido. Las declaraciones apenas informaron insuficientes las coartadas.
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© Protegido.
El consuelo.
Apenas víctima, pues la nuca no expuso a la cuchilla. Fueron la súplica y las monedas. Y fue un compromiso en su nombre cerrado. Después, la mujer tuvo un ruego y en una sonrisa desconocida fue aceptado: podría ocultar los cabellos bajo la capucha.
Escrupulosa, la mujer operaría el ingenio y acompañaría la postrera conciencia de las cabezas en el consuelo imposible de una caricia.
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© Protegido.
El libro y el lector.
El hombre no sobreviviría a la noche. En otra luz le hallarían; el desconcierto del hábito mudado ascendería las escaleras junto a la superstición o su aprensión dispuesta a confirmarse. Frente a él, una página apenas descansaba sobre las otras, aleteada por la corriente de aire que conmovía además la llama en el candil; sólo sombras discontinuamente restaurando la respiración desde la cabeza derrumbaba sobre el pecho.
Cuando el hombre alcanzó la estancia, ordenó subir el recipiente con aceite que descansaba sobre la mancha pintada en el alféizar del tragaluz. Crujía la mecha en el fuego; apenas el crepúsculo se anunció, a la vez completado y dando comienzo a los jirones, una mano desplazó un cristal. Detenido, embelleció el espejismo ribeteando los tejados de las casas, sus chimeneas resaltando la ausencia de bruma. Una inquietud sostenía su constante en el hombre en pie, apoyadas las manos a ambos lados del marco de madera; abajo, ya las esquinas impedían descifrar las siluetas. Desde allí, más pequeñas las manos sobre el alféizar, vigilaría la aparición de la figura de su madre derramándose sobre la piedra del pasaje. Nunca hubo regresado tras la puesta del sol; el niño solo dejaría de correr para recibirla, por los crujidos tras las pisadas desde las escaleras aún emplazado. La mujer entraba en el aposento y recibía la mirada buscada del hijo; desde su asiento, percibía cada vez el olor a madera quemándose en las ropas, albergado apenas estuvo tras los muros; vestía también un frío extrañado que inclinaba postponer las preguntas y que dejaba al alejarse junto a las respuestas. La puerta cerrándose agitaba los brazos del demon del fuego en aquel mismo candil y exponía que la penumbra de la estancia era un abandono del crepúsculo articulado. Los hijos honraron a la mujer en esa aparición, en la percepción de presente y de recuerdo. El espacio que ocupaba sus noches sería medido en esa substantividad. Sin diferenciaciones el espacio, uno. Donde la imagen de la permanencia era inasible, la impronta de la eternidad moderaba toda aprehensión.
Era la soledad imposible así. Imposturas el libro y el ventanal, sólo. Seducción de la distancia. Fetiche el medio, el material, agente o condición de adecuación. A la moral por la física. Su aparición comenzó en las palabras que les dieron relieve; en la sensibilidad se hicieron graves y el ánima precipitó en el nombre. Entonces el tacto, la mirada, devino espera y anticipación y el desengaño no fue en las nuevas esperas. Y era de este modo la soledad temida, no en la sospecha, mas en la certidumbre del mecanismo de la conjuración.
Los estertores siguieron a la somnolencia. Lo soñado fue el presente, su sincronicidad denunciando la memoria o tiempo. El castillo rodeado, los arcos que disparan las flechas con el fuego, las hachas que arrojan desde las troneras quienes entran, los soldados desplomándose en el foso. Los jinetes se aproximan desde el valle y están en la retaguardia de los rebeldes y las espadas degüellan desde atrás y empujan y arrastran a los soldados hasta los perros y los perros comienzan a devorarlos vivos y dan tirones a la carne y los aullidos de los hombres cesan y, muertos, los terminan de devorar. El juicio a los traidores y la traición, su padre de un lado y del otro y su cuerpo colgando del cuello y los meses de restauración y la paz.
Y el tiempo fue la llama y la madre.
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© Protegido.

Albert Sans y Joaquín César Plana Alcaraz han publicado un segundo volumen de traducciones al Español de textos de George C. de Lantenac.
Enlaces seguros y gratuitos para descargar la obra:
https://www.bubok.com.ar/libros/207357/George-C-de-Lantenac--Volumen-II
https://espanol.free-ebooks.net/ebook/George-C-de-Lantenac-Volumen-II
The castaways.
He had read in the books that there were islands where castaways lived. That they were alone and that they ended up feeling alone. That they went mad, that their hope wavered. And that if they had glass jars with a stopper, and writing materials, they would throw one of those into the sea with a letter asking for help and offering an approximate location between sunrise and sunset.
So he wrote the message We'll find you. I send you warm hug, my friend., put it in a glass bottle and, after plugging it, ran to the river and threw it far into the stream.
And it was when he was no longer reading about castaways that, sitting on the bank of that river, he observed in the brief waves an unusual reflection that seemed to approach and recognized by it a glass bottle that floated towards where he was. And, reaching it, he got rid of the stopper to extract from the inside the same message that was entrusted to the waters, but written by a different hand.