viernes, 6 de marzo de 2020

Joaquín C. Plana - Imaginen ... el ojo del huracán.


Imaginen ... el ojo del huracán.


 Imaginen a un hombre, lamedor de cirios a Homero dispuestos. Seguidor de Héctor. Como tal, temeroso de Aquiles. Un carro guiando, a su lado un Paris del siglo XIX remedo escuchó:
 - Espero que no lo llegue a saber. Joder. Me rompe la vida. Ya me ha repetido varias veces que los funcionarios son la miseria humana a sueldo. Si se entera de que ha contratado a un opositor a profesor ... que además no ha aprobado ...
 Paris observó la titilante mirada. Conocería después que quien no tenía que llegar a saber, ya había sabido. Y que éste perseguía al admirador de Héctor, sin que el admirador de Héctor supiera que estaba corriendo.
 Mas esta mitología admite una variación: en ella, el perseguidor habría atrapado al admirador de Héctor y, matado, arrastraría el cadáver alrededor de la Troya de los Jardines Altos, mientras, camino del hogar de Hades, el no-muerto se imaginaría vivo. 
 Aquiles vivo. Troya privada en pie. Paris y aljaba. 
 Aquel titilar crea al caudillo.